viernes, 6 de marzo de 2026

Gabriela Luciana

Hace diez años (qué recuerdo tan nítido) recibí una llamada en medio de la noche. La hora me asustó. "Aníbal nunca llama a esta hora. Es algo malo". He lamentado tener razón más veces de las que recuerdo, esta es la que más. Mi mamá estaba en el hospital, el parto se había adelantado demasiado. Gabriela Luciana acababa de nacer, apenas seis meses y medio en el vientre materno. Un poco menos que yo, nací a los siete. "¿Cómo está ella?" Fui egoísta, pues solo pensaba en mi mamá."¿Cómo está ella?", repetí. Las imágenes de ese embarazo que se sentía extraño se sobrepusieron a una velocidad alarmante: Otra llamada, mientras caminaba hacia Lourdes un mediodía, Daniela y ella al teléfono contándome del embarazo, la sensación de extrañeza y de broma. Mi mamá no podía estar embarazada, yo ya tenía 20 años, Daniela 18, era imposible. Me lo contaban con temor, como si de algún modo adivinaran que yo no podría entenderlo. Otra imagen: contemplar el cuerpo de mamá. Su pancita no era redonda ni ovalada, era sencillamente normal. ¿Cómo puede haber un bebé ahí?, me preguntaba aún desde el asombro. No tenía categorías para interpretar esa nueva realidad. Otra imagen: ella sentada en una hamaca en la entrada de la casa de Fusa, Daniela consintiéndola, Aníbal a su lado, yo lejana: ¿Mi mamá, embarazada? Tres imágenes que me asaltaron mientras preguntaba por ella: "Otro bebé podría venir, pero si pierdo a mamá, se acaba mi vida". Aquí detengo la narración y doy rienda suelta a las lágrimas, no perdí a mamá (Dios, eres grande y bueno), vino otro bebé (Luciana es el faro que me guía a través de la penumbra diaria), pero una parte de mi vida sí se acabó. Aníbal no sabía mucho, los médicos eran parcos. Otra llamada a los 20 minutos: Mamá estaba bien. Alivio infinito. Pero había algo más; Aníbal tenía un tono distinto, en su voz una esperanza que le volví a escuchar solo dos años después, una luz en las palabras: "Gabriela va a vivir, la escuché llorar, sus pulmones funcionan. Gabriela va a estar bien. Mi niña va a estar bien". Y creo que fue ahí cuando entendí que el amor puede nacer de golpe. Ella era una idea abstracta, una idea confusa, hasta ese conjuro de Aníbal: "Mi niña va a estar bien". Digo conjuro porque esas palabras se tatuaron en mi corazón y desde ahí también fue mi niña: "Mi hermanita va a estar bien". No fue así. Trasladaron a la bebé a Bogotá, necesitaba una incubadora especial. Fue una semana frenética y aquí el recuerdo pierde nitidez. Tal vez por eso hasta hoy me he animado a escribir. No quiero que se resquebraje más, no quiero perder lo poco que tengo, quiero poder volver a estas palabras y sentirla a ella, sentirme a mí, sentir a Juan Pablo, pues quién si no él iba a estar a mi lado. El dolor a veces es insoportable. Recuerdo el viaje por la séptima que parecía infinito y onírico (edificios pulcros intercalados con comunas grises se sucedían en esa línea recta que parecía no acabar). Recuerdo el abrazo de Juan Pablo, mis lágrimas empapando su saco negro, su saco gris, su chaqueta. Recuerdo su barba tierna y sus botas militares, sus ojos secundando mi esperanza o siendo eco de mi pena con el pasar de las horas. Recuerdo verte, Gabita. Si ya las palabras de tu papá me habían transformado, ¿imaginas acaso cómo se conmovió mi ser al contemplarte? Eras tan pequeña -seguramente cabías en mi antebrazo- y aún así tan inmensa. Tu piel de reseda, las facciones decididas, unas piernecitas largas que me hicieron sonreír y pensar: "Será alta". Recuerdo las oraciones, los rosarios (de cuencas ya gastadas, que no me he atrevido a tocar de nuevo, tendrá que estar en alguna parte), las promesas, las súplicas que luego reconocí en el relato de la señora Aleyda: ella también le rogó a Dios que no se llevara a Juan Pablo. Ella pidió por su niño. Yo pedí por ti. A ambas se nos dijo No. ¿Juan Pablo y tú se cuidan allí en el cielo, ese que quiero pensar nos espera? Recuerdo a la monjita que fue a bautizarte, Juan y yo tuvimos que ser los padrinos, de inmediato, sin mayor ceremonia que nuestra presencia, la oración, la compañía. Recuerdo a mamá y a Aníbal sentados en una banca del hospital, parecían un solo ser, una masa sepia de tristeza, las cabezas apoyadas como si el peso del mundo los aplastara, los consumiera. Recuerdo el pitido incesante de la sala de cuidados intensivos, las otras madres, la sensación de ahogo, de nuevo la incomprensión: ¿por qué tienen que sufrir estas criaturas, si todo en ellas es nuevo, por qué el dolor recae sobre recién nacidos? Recuerdo la voz de la enfermera: Hay órganos afectados. Hay áreas del cerebro comprometidas. Sus pulmones van a perder fuerza. Cada noticia era peor que la anterior. Es posible que reciban una llamada esta noche y deben estar preparados porque ya saben qué significa. Yo la recibí. La enfermera fue breve: Lo lamento, pero ya saben lo que significa. Vengan mañana a primera hora. 

Han pasado diez años. Esta vez no me ha llamado nadie en medio de la noche. Me llamó un sueño: Laura y yo estábamos en Roma, ella no conocía el Coliseo y estaba ansiosa por verlo. Yo la guié por una calle y nos topamos con él, las imponentes ruinas imperiales sobresalían en un cielo naranja crepuscular. Nos detuvimos a contemplar la perfección. Quiero pensar (porque el pensamiento es voluntad) que en el sueño Laura no era Laura, que Laura eras tú. Quiero pensar que en el reino de lo posible ambas viajamos a Italia (qué irónico es el destino, pues la belleza italiana la conocí con el corazón fracturado cuando acababa de perder a Juan, a mi Juan). Quiero pensar que tomaste su forma para compartir conmigo un instante de eternidad. 

Así como me gusta creer que una complicidad de hermanas mayores nos une (tú, mayor que Luciana; yo, mayor que Daniela), así pienso que el amor por los libros estaba sellado en nuestro porvenir: compartes natalicio con Gabo, yo con Austen. Cada vez que vuelvo a García Márquez, me digo: Estoy leyendo el que sería el autor favorito de Gabi. 

Feliz cumpleaños, Gabita. Luciana dijo algo lindo en una llamada (todo a través del teléfono, ¿estoy realmente donde debería estar?) hace un par de horas: "Celebramos el cumpleaños de Gabi". Esta es mi manera sencilla (¿hay acaso algo más real que las palabras?) de honrarte. Eres posibilidad, eres palabra, eres memoria.

viernes, 2 de enero de 2026

"En agosto nos vemos" Gabriel García Márquez - Reseña

 2 de enero de 2026

En agosto nos vemos, una promesa de la nostalgia

 

Gustavo Flaubert desarrolla una premisa interesante en el cuento “El coronel Chabert”: los muertos no deberían volver, su retorno resulta un incordio, una carga para aquellos que continuaron con su vida. Al menos, esta es la interpretación con la que Marías juega en Los enamoramientos. Los muertos no deberían volver. Es una idea que me incomoda y con la cual no puedo estar de acuerdo. Desearía que todos mis muertos regresaran, que al menos por un día respiraran a mi lado el mismo aire, que su risa inundara mi oído y que mis brazos pudieran encontrar refugio en los suyos. Así se siente En agosto nos vemos, pues Gabo vuelve y nos regala con un poco más de su prosa.


La edición de Penguin Random House, publicada el 6 de marzo de 2024, cuenta con un prólogo breve de Rodrigo y Gonzalo, los seis capítulos de la obra, una nota del editor Cristóbal Pera y cuatro páginas facsimilares con las anotaciones y marcas que García Márquez dictó a Mónica Alonso, su secretaria. Son estos paratextos los que permiten asomarnos a la intimidad del proceso creativo de la novela, a sus múltiples descartes y correcciones; nos permiten imaginar a Gabo con la vista cansada, demorándose en los adjetivos, dejando que su mente divagara entre una imagen poética, un recuerdo tal vez ficticio y el abismo que apremia más y más cada vez que la cifra de la edad aumenta.

Un narrador omnisciente, que respeta la línea temporal, pues analepsis y prolepsis son poco frecuentes, nos adentra en la isla y en la transformación psicológica de Ana Magdalena Bach, quien encuentra en ese ambiente tropical, coronado por la laguna de garzas azules, la aventura de la sexualidad extramatrimonial. Las cinco veces que tomamos el transbordador con ella, siempre el 16 de agosto a las tres de la tarde, vamos haciendo nuestras las preguntas sobre el secreto, sobre las huellas del paso inevitable del tiempo en nuestro cuerpo, sobre el deseo por la piel nueva, sobre la hipocresía de los límites que le exigimos a los demás pero estamos más que dispuestos a franquear, sobre la posibilidad de una vida entre paréntesis que no afecte el curso de lo que hemos dado por llamar normal. Pero lo afecta, es por esto que, aunque su dinámica familiar en la ciudad se mantenga, ella ya no puede leer con los ojos de la costumbre lo que la rodea: la inquietud, el hastío, el malhumor, la fiebre, son índices del cambio que se ha operado en ella: “Sin embargo, le hicieron falta varios días para tomar conciencia de que los cambios no eran del mundo sino de ella misma, que siempre anduvo por la vida sin mirarla, y sólo aquel año al regreso de la isla empezó a verla con los del escarmiento” (2024, p.37). ¿Un cataclismo como compartir cama ajena y vetada debe sacudirnos y hacernos ver que no somos lo que creíamos? ¿O no ocurre también con aquellas pequeñas manías que se transforman -al volver, por ejemplo, a un libro o a un disco amado y descubrir con incredulidad que ya no se sienten como antes- las que nos manifiestan que hemos cambiado, que es verdad aquello que rezaban los profesores de Biología en la escuela y que el estado natural de la materia es el cambio?

Vale la pena destacar un punto estructural que hace a la novela especialmente dulce: su intertextualidad literaria y musical. Ana Magdalena Bach es una ávida lectora, casi graduada en Artes y Letras, por lo que resulta natural que Drácula, El lazarillo de Tormes, El viejo y el mar, El extranjero, Antología de la literatura fantástica, El día de los trífidos, Crónicas marcianas, El misterio del miedo y Diario del año de la peste acompañen sus tardes y noches de hastío y delirio. La música no se queda atrás: su familia de músicos se lee en clave de Chopin, Rajmáninov, Agustín Lara, Mozart, Schubert, Chausson, Chaikovski, Elena Burke, Fausto Papetti, Celia Cruz, Los Panchos, Béla Bartók, Van Morrison, Aaron Copland y Debussy. Aunque se ralentiza la lectura, detenerse entre cada frase y reproducir las referencias mencionadas hace que la experiencia de leer interpele también al oído: ¿Fueron estas las lecturas de Gabo, fueron estas las melodías que amenizaban las tardes en los Ángeles o en México?

En términos de etopeya, Ana Magdalena se me antoja una mezcla sutil entre Florentino Ariza y Fermina Daza, del primero, por su ansia de amor; de la segunda, por la desenvoltura férrea y por la belleza con la que se mueve por el mundo. Sin embargo, a diferencia de la heroína de El amor en los tiempos del cólera, aunque más modesta y menos deslumbrante, en Ana Magdalena Bach hay una agencia mayor: es dueña y señora de su cuerpo, se permite el juego del amor efímero, en la isla busca sencillamente ser.

Tal vez por esta razón el final de la obra aún me genera desazón: lo leo como una renuncia, como el cierre del paréntesis, como el pánico que obliga a dar un paso atrás. Tal vez este librito melancólico, plagado de descripciones preciosas de los rituales del deseo, con personajes prototípicos de la pluma garciamarquiana, deba leerse más bien con la alegría de la nostalgia, como unas páginas de caridad, como la última voz de un muerto que regresó para decirnos que, de vez en cuando, es necesario hacer como su heroína y elegirnos desde la autenticidad: “De modo que esa tercera vez decidió ser ella misma, vestirse como ella y reservarse la libertad de escoger para ella y no por el azar”

PD: Hay recuerdos bellos entrelazados a estas páginas: regalar un libro siempre es dedicarlo. La vida se siente ligera. Liverpool pasa por una de sus peores rachas. Nana (Aurora) fue feliz en su jardín y repetirá. Luciana cumplirá 8 años pronto, me asombra su sabiduría y su picardía. Deseo que un corazón sane, presto mi oído atento, pues no puedo hacer más. 


martes, 25 de noviembre de 2025

Sueño

Un deseo se hizo palabra hace unas semanas: "Ojalá sueñe con él. Señor, permíteme soñar con él. Deja que me visite en los sueños". Luego se atravesó la vida: calificaciones, salidas, escucha atenta, buses apretados, relojes implacables, una cena con Nana. Cayó la noche del lunes y se dio el milagro:

Un halo traslúcido inundaba la sala. Parecía un almuerzo de celebración, similar a los que ocurren cada fin de año, mesas con flores sencillas que las adornaban cual tocado de mujer. Giré el rostro y me topé con el suyo. Estaba ligeramente cambiado: su cabello más bien cobrizo, barba ligera, pero era él. Más avergonzada que sorprendida, le pregunté: -¿Verdad que estás molesto conmigo? Por unos segundos infinitos, sus ojos serios se clavaron en mi rostro. El pensamiento de que no he visitado su tumba me hizo temer el más merecido desdén. -¿Molesto? ¡Sí estoy muy orgulloso! Sus brazos me envolvieron. Mi rostro encontró refugio en su mejilla. Por fin protegida y plena, por fin en casa.

Desperté absurdamente tarde para un día entre semana. Corrí a la ducha, llegaría tarde (otra vez), pero esta vez, habría valido la pena.

Ayer tuve el honor de abrir el Coloquio de investigación de la Facultad, de nuestra Facultad. Por supuesto que recordé la primera vez que leí en el auditorio: ¿También lo recuerdas? Presentamos una ponencia sobre las prácticas lectoras en Orgullo y Prejuicio. ¿Recuerdas que alquilamos trajes y tú eras Chopin en el piano y yo Austen leyendo? Ayer no hubo disfraz, tampoco auditorio (el evento se inauguró en la biblioteca), pero estabas tú. Ahora lo sé, porque se hizo el milagro de que me abrazaras en mi sueño.

domingo, 2 de febrero de 2025

"Las noches todas" Tomás González-Reseña

2 de febrero de 2025

Heliconias, bromelias, sietecueros, ojo de poeta, lengua de vaca, diente de león, amarrabollo, amarantos, nenúfares, caracolíes, eugenias, agapanto y matarratón son solo algunas de las muchas plantas que habitan el jardín de 210 páginas que ha plasmado Tomás González en Las noches todas.


Esta narración de 2018 presenta a Esteban Latorre, profesor universitario jubilado que desea alejarse de la ciudad (esa máquina de vapor que apabulla y asfixia) y del trato humano, por lo que decide comprar un finca y crear un jardín en un pueblito colonial aún cercano a Bogotá. Cada uno de los veintiún capítulos de la obra están nombrados de tal modo que hacen pensar en la novela bucólica, casi que idealizando escenas tranquilas de un entorno rural: el viento, el bus, el taxi, las nubes, los ríos, el Tiempo, la catedral, las piedras, los naranjos, las orquídeas, el icopor, Dios, los guitarrones, el sol, el caracol, la araucaria, la mula, el infierno, la muerte, el garrote y la miel.


¿Cuánto tiempo y esfuerzo requiere un jardín? Once años y dedicación absoluta, responde González. Tal vez la palabra engañe: “jardín” remite a unos cuantos arbusto bien colocados, unas flores bellas y una que otra enredadera, al menos así lo era para una mente ignorante de la flora como la mía. Lo que en realidad el narrador deseaba era: “crear un lugar de mucha belleza, eso era todo, y ese impulso no tiene explicación” (p. 38). Una selva sin artificio, un templo natural verde de contemplación, un injerto en el que se sintiera, con mayor intensidad que en ningún otro, la sensibilidad viva del mundo.


En el jardín hay crítica. Destacable el flujo de pensamiento o, mejor, diatriba callada de Esteban, en la que el anciano despotrica contra el eurocentrismo, a propósito de lo nefasto que le resulta la imagen de un naranjo “disciplinado” en los jardines de Versalles:


Y creen allá que en el resto del mundo nos tenemos que orinar de la emoción a la vista de la Torre Eiffel o del Museo Británico o de la tumba de Napoleón, como si no supiéramos que debajo de cada uno de esos monumentos y edificios y jardines, y bien lo decía un poeta, asesinado también, está empozada la sangre. De negro, de mujer, de indio, de judío, de homosexual, de gitano, de blanco pobre, por millones. Y de animales, por millones de millones. Y mientras más bello, más monstruoso el monumento, más odioso. (p. 74)


En el jardín hay troncos marchitos. La novela es un canto desde (especialmente “desde”, no “para” ni “a”) la vejez. Un narrador que roza los 75 años -huraño a veces y deseoso de voces y tacto en otras, que padece de insomnio, depresión, neuralgia dental, que puede leer aún con luz fuerte, que no se engaña sobre el vigor perdido, pero tampoco sucumbe ante la decrepitud: la pulsión de vida, de crear (el jardín o la apicultura), la noción de cuidado- nos hace adivinar, como lectores, que aún falta mucho para que se entregue a la oscuridad de las noches todas. En varios capítulos fluctúa el cansancio de la vida, el hastío de no poder ser un pájaro, el dolor insoportable de perder la belleza, de asistir a la muerte de los seres que asistieron a nuestra vida:  “Es el comienzo del despoblamiento de mi mundo. Es la oscuridad que va inundando todo, como el agua de las bodegas de un barco” (p. 171)



En el jardín hay barro. La representación femenina encarnada en Aurora, el segundo personaje más importante, es la porosidad que contamina y hace deslucir el conjunto. De Aurora nos queda claro que tiene cerca de 30 años, es hermosa, instructora de yoga, deseada por todos los hombres del pueblo, unida a su familia y hábil con las plantas. Aunque ella es el jardín, su personalidad se escapa. Lo más íntimo que conocemos no es su corazón, ni su mente, son sus pechos: “o sucedía que tal vez por azar yo viera lo que no tenía por qué ver, la belleza de los pezones entre la camisa entreabierta, los senos casi pequeños” (p. 66) o “Triana había sido alcanzado por una visión parecida a la que me llegó a mí mientras movíamos las grandes piedras con la barra de hierro. Los senos aquello, tal vez” (p. 71). Una mujer sin pasado, sin ideas propias (las frases logradas que suelta de cuando en cuando resultan ser de otras fuentes), que sirve de compañía, de objeto de deseo, aunque extrañamente es ella la única que entiende y da forma al jardín. Inclusive, alcanzan a sentirse más reales, más corpóreos personajes como Misael, el taxista contador de historias; o Triana, el librero que termina rozando el alcoholismo y cambió a la mujer que deseaba por otra más complaciente (¿Me alcanza a recordar a alguien?).


Aún así, Aurora resulta bien librada, por la sensualidad de sus formas, por supuesto, pues entre las ceibas y las orquídeas, las mujeres feas no merecen consideración: “Algunos [libros] habían sido escritos por mujeres dientonas que crearon jardines tan sosos y floridos como ellas mismas” (p. 67). Las dientonas y sosas no entrarán al jardín del profesor Esteban; tampoco lo haría la hija de su dentista: una rubia enorme, cuyos ojos azules, muy separados, no compensaban su “exagerado” volumen. ¿Es verosímil que la narración de un viejo privilegie las formas femeninas jóvenes y atractivas? Sí. ¿Resulta insoportable para un ojo actual menciones como que Diana, el nuevo amor de Triana, conservaba la sensualidad involuntaria que debió mostrar desde los 10 años o menos? Por supuesto. Y aquí ya no sé si molestarme con el personaje, Latorre, o con el autor, González.


El jardín tiene espinas. Sí, este es un libro de amor en muchas de sus formas. Crudo y real que cuando pasa la ráfaga de enamoramiento en el otro se ve lo prosaico: “En ella alcanzaba a vislumbrar una veta de vulgaridad y hasta de falsedad, y de repente se abrían a mis pies grietas por las que se asomaban las caras distorsionadas del mundo” (p. 64). Crudo y también real que el enamoramiento nos subyugue al deseo: “Siento que estoy haciendo el ridículo, pero pienso que sería más extraño tenerla tan cerca, haberla tenido alguna vez y no sentir el impulso de tocarla” (p. 174)


El jardín tiene espacios áridos. El antagonista, el yerno del vecino Ezequiel, fue otro personaje con gran potencial que quedó en la sombra. El eufemismo “un molestador de menores” (p. 147) resulta tibio; a pesar la insistencia en que antes de victimario fue víctima, la misericordia por él nunca me llegó.


El jardín te regala flores. Me llevaré tres a casa:

  1. “La gente se va a morir, las fotos se van a perder y al final quedará un centro comercial sin alma, igual a todos” (p. 90).

  2. “Había sido un error querer vivir otra vez lo ya vivido” (p. 98)

  3. “Mejor no pensar. Limitarme a respirar y hacer las cosas” (p. 172)


PD: El libro es de mi hermana del medio, Daniela. En una nota al margen ella escribe: “Quiero ser Aurora y trabajar en un jardín”. Antes del 15 de este mes sabré si se le cumplirá el deseo o no, sabré si las palabras escritas son magia que convoca la realidad.


Lucina está en segundo, le compré los útiles escolares en Panamericana. Sí lo recordé (a él, mi fantasma), pues allí empecé a verlo, a realmente verlo.


domingo, 12 de enero de 2025

"La ciudad y los perros" Mario Vargas Llosa - Reseña

 9 de enero de 2025


Me es difícil hacer esta reseña. Las palabras no salen porque los sentimientos las atan. Hay tanto entrelazado a las páginas de Vargas Llosa: un club de lectura inconcluso, las ruinas de un corazón traicionado, las calles y el sudor recorriendo Lima (la bella, la gris, la horrible -Salazar Bondy- la colonial, la republicana, la de los besos, las miradas crueles, los poetas, el pisco, las marineras, el mar, la playa rocosa, los sabores, la papa a la huancaína). Además, son ya 62 años de su publicación ¿Qué se puede agregar sobre una novela de la que ya se ha dicho todo?


Las dos partes que la componen, de ocho capítulos cada una, más el epílogo, varían entre un narrador en tercera persona y dos en primera, que se detienen en el pasado y presente de los cadetes del Leoncio Prado, sus familiares y algunos militares. La historia (su fábula, dirían mis estudiantes que juiciosamente han apropiado los términos de la narratología) se centra en la muerte de Ricardo Arana, bautizado como el Esclavo, en medio de la fiera y masculina vida en el colegio militar.


En cuanto a elementos estilísticos, destacan un extraordinario -aunque no continuo- flujo de conciencia que se funde, en ocasiones, con el estilo directo e indirecto libre. Además, sobrecoge la maestría con la que el Nobel logra crear imágenes poderosas con sencillez, explorando la riqueza de la lengua y del habla peruano (la edición de la RAE viene acompañada de un glosario de peruanismos). 


Aunque es más que evidente que la novela se dedica a la masculinidad (entre perros, cadetes, imaginarias, capitanes, tenientes, coroneles, padres mujeriegos o abusivos, y hampones de baja calaña y amplios sentimientos), me resultó significativa la manera en la que se retrata lo femenino. Son diez las mujeres relevantes en la historia, de las cuales sobresale Teresa, interés romántico de tres de los cuatro protagonistas (sí, Gamboa debe ser contado como un personaje principal) y la Malpapeada, que, aunque perra, es sobre quien se focaliza lo que se concibe de una fémina:


Es triste que la perra no esté aquí para rascarle la cabeza, eso descansa y da una gran tranquilidad, uno piensa que es una muchachita. Algo así debe ser cuando uno se casa. Estoy abatido y entonces viene la hembrita y se echa a mi lado y se queda callada y quietecita, yo no le digo nada, la toco, la rasco, le hago cosquillas y se ríe, la pellizco y chilla, la engrío, juego con su carita, hago rulitos con sus pelos, le tapo la nariz, cuando está ahogándose la suelto, la agarro el cuello y las tetitas, la espalda, los hombros, el culito, las piernas, el ombligo, la beso de repente y le digo piropos: “Cholita, arañita, mujercita, putita”. (p. 363)


La mujer se figura en la obra como deseo (Pies Dorados), madre (las de Arana, Jaguar y el Poeta), refugio (la tía de Teresa, aunque a regañadientes), esposa trastornada o sumisa (nuevamente, las del Poeta y el Esclavo, respectivamente), damita ideal (Helena o Marcela, más esta última). Me es difícil clasificar a Teresa, porque significó más, todo y nada: el amor ideal y el terrenal, la bondad y la mezquindad, el paréntesis que se desea y del que se harta, una huachafa o una mujer real. 


Otro punto que merece mención en estas breves líneas, es aquel sobre el ejercicio de la escritura. Así, magnífico el apartado segundo del capítulo sexto en el que se narra el nacimiento del Poeta. Las frases absurdas y pornográficas que ensaya, la voracidad de su pluma (en menos de dos horas había escrito cuatro novelitas), la salacidad y diversión de sus compañeros: “”Pajeros, asquerosos, a ver por qué no leen la Biblia o el Quijote”. A esto se le suma el modo en que los altos rangos del ejército desprecian la apreciación de Gamboa sobre la verdadera causa de la muerte de Arana: “Usted debe leer novelas, Gamboa”, lo acusan, como si lo suyo -su sentido del honor y la verdad y la ley- se descartara por estar infectado de la fiebre de la ficción. Lo mismo ocurrió con Alberto Fernández, el Poeta, la manera de contrarrestar su denuncia y de silenciarlo fue acusar de ignominiosa su escritura.


No he hablado de la ciudad (sí de los perros), conocí Lima en sus páginas, después conocí Lima recorriendo parte de sus calles, sin lo primero no se hubiera dado lo segundo. Lima se redujo a la oposición: Lince o Miraflores, el Jaguar o Alberto, Teresa o Marcela, la continuidad o la redención. 



Por supuesto, quedan muchas preguntas, una buena lectura siempre las deja:  ¿Quién fue el hombre de carácter?¿Él fue realmente el asesino? ¿Qué novela dedica Vargas Llosa a lo femenino? ¿Es Gamboa un héroe trágico? ¿Cómo funcionaba el corazón de Teresa? 


“-Cuatro-dijo el Jaguar” (al iniciar la novela) y “-Cinco-dijo el Jaguar” (al culminarla). Bastó un número condensado en 469 páginas para entender que en una vida todo cabe, que tal vez Lima y el colegio Leoncio Prado (y tal vez nosotros también, lectores) son (o somos) como Paulino, el despreciable vendedor, un injerto de: “ojos rasgados de japonés, ancha jeta de negro, pómulos y mentón cobrizos de indio, [y] pelos lacios”. 


PD: Terminé la lectura del libro el nueve de enero, pero hasta anoche, once, logré culminar la reseña. Luciana cumplió 7 años, fue una bella fiesta, bella por la alegría en sus ojos y por el compartir con niños. Liverpool avanzó en la FA Cup, derrotó al modesto Accrington. La tarea del olvido continúa.

domingo, 5 de enero de 2025

"La clase de griego" Han Kang - Reseña

 5 de enero de 2025


La clase de griego, primer libro del año, primero sin él. Sé que sus ojos ya pasaron por las letras de la coreana, pero ya nunca compartiremos impresiones. Un libro que descoloca.



Publicado en el 2011 y traducido a nuestra lengua en el 2023 por Sunme Yoon, esta novela corta entrelaza la historia de un profesor de griego
ad portas de perder la visión y la de una mujer que, aparte de perder a su madre y la custodia de su hijo, ha perdido también la facultad de hablar (las palabras están atoradas en un lugar más lejano que la boca y la garganta). El lugar de encuentro es justamente la clase de griego en una academia de Seúl, asidero laboral del profesor, y esperanza para ella, pues cree -como ya le ocurrió en su adolescencia- que aprender un idioma lejano y enrevesado le devolverá la voz. 


La novela transcurre en 21 capítulos más bien breves, algunos titulados (Mutismo, Voz, Ojos, Penumbras, Noche, Rostro, Oscuridad, Manchas solares y Bosque submarino), en los que a la par que se intercalan fragmentos de los protagonistas, se acude a la analepsis para dar sentido al presente y a los recuerdos a veces mezclados con el sueño.


Acostumbrada -o, mejor, enamorada- de una prosa como la de Javier Marías, en la que todo es pensamiento, prosa poética fuerte, intertextualidad y fiereza, la de Kang se me antojó al principio brisa y sensibilidad: la descripción originaria de los sentidos, la delicadeza, la pausa de lo simple, … Casi como asomarse a los aforismos de los presocráticos, tan crípticos como cargados de sensación. Justamente por este camino transcurre la obra, pues las clases de griego son un homenaje a la filosofía de Platón y, por su parte, los recuerdos que intercala la autora (sobre todo en la línea narrativa de él, el maestro) son reflexión sobre el lenguaje, sobre la literatura: “Tú lo que quieres es llegar a un estado de sublimación literaria a través del pensamiento” (p. 113).


Así, resulta acertado que las dos presencias intertextuales fuertes sean la de Borges y la de Platón. ¿Cuál es el filo acerado de la espada que nos separa de la belleza, de la vida, del amor, del mundo de las ideas? La ceguera y la mudez, a simple vista; el miedo y el ensimismamiento, en un nivel un poco más profundo.  


Me conecté con la lectura en el capítulo decimocuarto, Rostro, dedicado al recuerdo de Joachim Grundell, por las aseveraciones sobre la filosofía, la muerte, el oficio de la literatura; por la ambigüedad del vínculo que los unía (la necesidad del tacto: acariciar como deseo, como supervivencia, como amor, como comunicación): “La belleza tenía que ser [...] unos labios todavía tibios, el frotar con pasión esos labios contra otros labios” (p. 119) y “La primera vez que me abrazaste [...] tomé conciencia de que el cuerpo humano es triste [...] de que es un cuerpo nacido para abrazar y desear el abrazo de alguien”(p.120).


Temas posibles de estudio y análisis: relación recuerdo y sueño, el imperio del silencio, el tacto como necesidad, como cura y comunicación; la imaginación como refugio, la carencia de la sensación y la vida como aprendizaje y padecimiento.


El final del libro deja una enseñanza, me la dejó a mí, al menos: el amor es el cuidado, el amor es la mesura de un beso, la conjunción de dos fragilidades.


Cierro esta reseña con dos preguntas y unas líneas que me dejan Han Kang, a la cual espero volver a leer este año, con otro ánimo en mi sangre: ¿Cuál es la temperatura de las palabras? Y ¿Cómo pensar sin palabras?


Un buen libro no puede tener final, porque los fragmentos de vida (lo único a lo que podemos asistir) tampoco lo tienen; “sin embargo, mana la sangre y brotan las lágrimas”.




Wendy Austen.


PD: Luciana sabe jugar Uno, ama la carta mágica, pero no la usa, tal vez es su manera misteriosa y prosaica de enseñarnos que debemos conservar y luchar por lo valioso, así el mundo nos diga otra cosa. Cumplirá pronto siete años, es necia y consentida, la amo (amamos tanto).


Liverpool empató hoy ante el Manchester en Anfield, sabe a derrota. Es la primera temporada sin Klopp, me niego a admitir que Slot puede ser mejor.


Gabriela Luciana

Hace diez años (qué recuerdo tan nítido) recibí una llamada en medio de la noche. La hora me asustó. "Aníbal nunca llama a esta hora. E...