2 de febrero de 2025
Heliconias, bromelias, sietecueros, ojo de poeta, lengua de vaca, diente de león, amarrabollo, amarantos, nenúfares, caracolíes, eugenias, agapanto y matarratón son solo algunas de las muchas plantas que habitan el jardín de 210 páginas que ha plasmado Tomás González en Las noches todas.
Esta narración de 2018 presenta a Esteban Latorre, profesor universitario jubilado que desea alejarse de la ciudad (esa máquina de vapor que apabulla y asfixia) y del trato humano, por lo que decide comprar un finca y crear un jardín en un pueblito colonial aún cercano a Bogotá. Cada uno de los veintiún capítulos de la obra están nombrados de tal modo que hacen pensar en la novela bucólica, casi que idealizando escenas tranquilas de un entorno rural: el viento, el bus, el taxi, las nubes, los ríos, el Tiempo, la catedral, las piedras, los naranjos, las orquídeas, el icopor, Dios, los guitarrones, el sol, el caracol, la araucaria, la mula, el infierno, la muerte, el garrote y la miel.
¿Cuánto tiempo y esfuerzo requiere un jardín? Once años y dedicación absoluta, responde González. Tal vez la palabra engañe: “jardín” remite a unos cuantos arbusto bien colocados, unas flores bellas y una que otra enredadera, al menos así lo era para una mente ignorante de la flora como la mía. Lo que en realidad el narrador deseaba era: “crear un lugar de mucha belleza, eso era todo, y ese impulso no tiene explicación” (p. 38). Una selva sin artificio, un templo natural verde de contemplación, un injerto en el que se sintiera, con mayor intensidad que en ningún otro, la sensibilidad viva del mundo.
En el jardín hay crítica. Destacable el flujo de pensamiento o, mejor, diatriba callada de Esteban, en la que el anciano despotrica contra el eurocentrismo, a propósito de lo nefasto que le resulta la imagen de un naranjo “disciplinado” en los jardines de Versalles:
Y creen allá que en el resto del mundo nos tenemos que orinar de la emoción a la vista de la Torre Eiffel o del Museo Británico o de la tumba de Napoleón, como si no supiéramos que debajo de cada uno de esos monumentos y edificios y jardines, y bien lo decía un poeta, asesinado también, está empozada la sangre. De negro, de mujer, de indio, de judío, de homosexual, de gitano, de blanco pobre, por millones. Y de animales, por millones de millones. Y mientras más bello, más monstruoso el monumento, más odioso. (p. 74)
En el jardín hay troncos marchitos. La novela es un canto desde (especialmente “desde”, no “para” ni “a”) la vejez. Un narrador que roza los 75 años -huraño a veces y deseoso de voces y tacto en otras, que padece de insomnio, depresión, neuralgia dental, que puede leer aún con luz fuerte, que no se engaña sobre el vigor perdido, pero tampoco sucumbe ante la decrepitud: la pulsión de vida, de crear (el jardín o la apicultura), la noción de cuidado- nos hace adivinar, como lectores, que aún falta mucho para que se entregue a la oscuridad de las noches todas. En varios capítulos fluctúa el cansancio de la vida, el hastío de no poder ser un pájaro, el dolor insoportable de perder la belleza, de asistir a la muerte de los seres que asistieron a nuestra vida: “Es el comienzo del despoblamiento de mi mundo. Es la oscuridad que va inundando todo, como el agua de las bodegas de un barco” (p. 171)
En el jardín hay barro. La representación femenina encarnada en Aurora, el segundo personaje más importante, es la porosidad que contamina y hace deslucir el conjunto. De Aurora nos queda claro que tiene cerca de 30 años, es hermosa, instructora de yoga, deseada por todos los hombres del pueblo, unida a su familia y hábil con las plantas. Aunque ella es el jardín, su personalidad se escapa. Lo más íntimo que conocemos no es su corazón, ni su mente, son sus pechos: “o sucedía que tal vez por azar yo viera lo que no tenía por qué ver, la belleza de los pezones entre la camisa entreabierta, los senos casi pequeños” (p. 66) o “Triana había sido alcanzado por una visión parecida a la que me llegó a mí mientras movíamos las grandes piedras con la barra de hierro. Los senos aquello, tal vez” (p. 71). Una mujer sin pasado, sin ideas propias (las frases logradas que suelta de cuando en cuando resultan ser de otras fuentes), que sirve de compañía, de objeto de deseo, aunque extrañamente es ella la única que entiende y da forma al jardín. Inclusive, alcanzan a sentirse más reales, más corpóreos personajes como Misael, el taxista contador de historias; o Triana, el librero que termina rozando el alcoholismo y cambió a la mujer que deseaba por otra más complaciente (¿Me alcanza a recordar a alguien?).
Aún así, Aurora resulta bien librada, por la sensualidad de sus formas, por supuesto, pues entre las ceibas y las orquídeas, las mujeres feas no merecen consideración: “Algunos [libros] habían sido escritos por mujeres dientonas que crearon jardines tan sosos y floridos como ellas mismas” (p. 67). Las dientonas y sosas no entrarán al jardín del profesor Esteban; tampoco lo haría la hija de su dentista: una rubia enorme, cuyos ojos azules, muy separados, no compensaban su “exagerado” volumen. ¿Es verosímil que la narración de un viejo privilegie las formas femeninas jóvenes y atractivas? Sí. ¿Resulta insoportable para un ojo actual menciones como que Diana, el nuevo amor de Triana, conservaba la sensualidad involuntaria que debió mostrar desde los 10 años o menos? Por supuesto. Y aquí ya no sé si molestarme con el personaje, Latorre, o con el autor, González.
El jardín tiene espinas. Sí, este es un libro de amor en muchas de sus formas. Crudo y real que cuando pasa la ráfaga de enamoramiento en el otro se ve lo prosaico: “En ella alcanzaba a vislumbrar una veta de vulgaridad y hasta de falsedad, y de repente se abrían a mis pies grietas por las que se asomaban las caras distorsionadas del mundo” (p. 64). Crudo y también real que el enamoramiento nos subyugue al deseo: “Siento que estoy haciendo el ridículo, pero pienso que sería más extraño tenerla tan cerca, haberla tenido alguna vez y no sentir el impulso de tocarla” (p. 174)
El jardín tiene espacios áridos. El antagonista, el yerno del vecino Ezequiel, fue otro personaje con gran potencial que quedó en la sombra. El eufemismo “un molestador de menores” (p. 147) resulta tibio; a pesar la insistencia en que antes de victimario fue víctima, la misericordia por él nunca me llegó.
El jardín te regala flores. Me llevaré tres a casa:
“La gente se va a morir, las fotos se van a perder y al final quedará un centro comercial sin alma, igual a todos” (p. 90).
“Había sido un error querer vivir otra vez lo ya vivido” (p. 98)
“Mejor no pensar. Limitarme a respirar y hacer las cosas” (p. 172)
PD: El libro es de mi hermana del medio, Daniela. En una nota al margen ella escribe: “Quiero ser Aurora y trabajar en un jardín”. Antes del 15 de este mes sabré si se le cumplirá el deseo o no, sabré si las palabras escritas son magia que convoca la realidad.
Lucina está en segundo, le compré los útiles escolares en Panamericana. Sí lo recordé (a él, mi fantasma), pues allí empecé a verlo, a realmente verlo.