2 de enero de 2026
En agosto nos vemos, una promesa de la nostalgia
Gustavo Flaubert desarrolla una premisa interesante en el cuento “El
coronel Chabert”: los muertos no deberían volver, su retorno resulta un
incordio, una carga para aquellos que continuaron con su vida. Al menos, esta es
la interpretación con la que Marías juega en Los enamoramientos. Los
muertos no deberían volver. Es una idea que me incomoda y con la cual no puedo
estar de acuerdo. Desearía que todos mis muertos regresaran, que al menos por
un día respiraran a mi lado el mismo aire, que su risa inundara mi oído y que mis
brazos pudieran encontrar refugio en los suyos. Así se siente En agosto nos
vemos, pues Gabo vuelve y nos regala con un poco más de su prosa.
La edición de Penguin Random House, publicada el 6 de marzo de 2024, cuenta con un prólogo breve de Rodrigo y Gonzalo, los seis capítulos de la obra, una nota del editor Cristóbal Pera y cuatro páginas facsimilares con las anotaciones y marcas que García Márquez dictó a Mónica Alonso, su secretaria. Son estos paratextos los que permiten asomarnos a la intimidad del proceso creativo de la novela, a sus múltiples descartes y correcciones; nos permiten imaginar a Gabo con la vista cansada, demorándose en los adjetivos, dejando que su mente divagara entre una imagen poética, un recuerdo tal vez ficticio y el abismo que apremia más y más cada vez que la cifra de la edad aumenta.
Un narrador omnisciente, que respeta la línea temporal, pues analepsis y
prolepsis son poco frecuentes, nos adentra en la isla y en la transformación
psicológica de Ana Magdalena Bach, quien encuentra en ese ambiente tropical, coronado
por la laguna de garzas azules, la aventura de la sexualidad extramatrimonial. Las
cinco veces que tomamos el transbordador con ella, siempre el 16 de agosto a
las tres de la tarde, vamos haciendo nuestras las preguntas sobre el secreto, sobre
las huellas del paso inevitable del tiempo en nuestro cuerpo, sobre el deseo
por la piel nueva, sobre la hipocresía de los límites que le exigimos a los demás
pero estamos más que dispuestos a franquear, sobre la posibilidad de una vida
entre paréntesis que no afecte el curso de lo que hemos dado por llamar
normal. Pero lo afecta, es por esto que, aunque su dinámica familiar en la ciudad
se mantenga, ella ya no puede leer con los ojos de la costumbre lo que la rodea:
la inquietud, el hastío, el malhumor, la fiebre, son índices del cambio que se
ha operado en ella: “Sin embargo, le hicieron falta varios días para tomar
conciencia de que los cambios no eran del mundo sino de ella misma, que siempre
anduvo por la vida sin mirarla, y sólo aquel año al regreso de la isla empezó a
verla con los del escarmiento” (2024, p.37). ¿Un cataclismo como compartir cama
ajena y vetada debe sacudirnos y hacernos ver que no somos lo que creíamos? ¿O no
ocurre también con aquellas pequeñas manías que se transforman -al volver, por
ejemplo, a un libro o a un disco amado y descubrir con incredulidad que ya no
se sienten como antes- las que nos manifiestan que hemos cambiado, que es
verdad aquello que rezaban los profesores de Biología en la escuela y que el
estado natural de la materia es el cambio?
Vale la pena destacar un punto estructural que hace a la novela especialmente dulce: su intertextualidad literaria y musical. Ana Magdalena Bach es una ávida lectora, casi graduada en Artes y Letras, por lo que resulta natural que Drácula, El lazarillo de Tormes, El viejo y el mar, El extranjero, Antología de la literatura fantástica, El día de los trífidos, Crónicas marcianas, El misterio del miedo y Diario del año de la peste acompañen sus tardes y noches de hastío y delirio. La música no se queda atrás: su familia de músicos se lee en clave de Chopin, Rajmáninov, Agustín Lara, Mozart, Schubert, Chausson, Chaikovski, Elena Burke, Fausto Papetti, Celia Cruz, Los Panchos, Béla Bartók, Van Morrison, Aaron Copland y Debussy. Aunque se ralentiza la lectura, detenerse entre cada frase y reproducir las referencias mencionadas hace que la experiencia de leer interpele también al oído: ¿Fueron estas las lecturas de Gabo, fueron estas las melodías que amenizaban las tardes en los Ángeles o en México?
En términos de etopeya, Ana Magdalena se me antoja una mezcla sutil
entre Florentino Ariza y Fermina Daza, del primero, por su ansia de amor; de la
segunda, por la desenvoltura férrea y por la belleza con la que se mueve por el
mundo. Sin embargo, a diferencia de la heroína de El amor en los tiempos del
cólera, aunque más modesta y menos deslumbrante, en Ana Magdalena Bach hay
una agencia mayor: es dueña y señora de su cuerpo, se permite el juego del amor
efímero, en la isla busca sencillamente ser.
Tal vez por esta razón el final de la obra aún me genera desazón: lo leo
como una renuncia, como el cierre del paréntesis, como el pánico que obliga a dar
un paso atrás. Tal vez este librito melancólico, plagado de descripciones
preciosas de los rituales del deseo, con personajes prototípicos de la pluma
garciamarquiana, deba leerse más bien con la alegría de la nostalgia, como unas
páginas de caridad, como la última voz de un muerto que regresó para decirnos
que, de vez en cuando, es necesario hacer como su heroína y elegirnos desde la
autenticidad: “De modo que esa tercera vez decidió ser ella misma, vestirse
como ella y reservarse la libertad de escoger para ella y no por el azar”
PD: Hay recuerdos bellos entrelazados a estas páginas: regalar un libro siempre es dedicarlo. La vida se siente ligera. Liverpool pasa por una de sus peores rachas. Nana (Aurora) fue feliz en su jardín y repetirá. Luciana cumplirá 8 años pronto, me asombra su sabiduría y su picardía. Deseo que un corazón sane, presto mi oído atento, pues no puedo hacer más.
