Un halo traslúcido inundaba la sala. Parecía un almuerzo de celebración, similar a los que ocurren cada fin de año, mesas con flores sencillas que las adornaban cual tocado de mujer. Giré el rostro y me topé con el suyo. Estaba ligeramente cambiado: su cabello más bien cobrizo, barba ligera, pero era él. Más avergonzada que sorprendida, le pregunté: -¿Verdad que estás molesto conmigo? Por unos segundos infinitos, sus ojos serios se clavaron en mi rostro. El pensamiento de que no he visitado su tumba me hizo temer el más merecido desdén. -¿Molesto? ¡Sí estoy muy orgulloso! Sus brazos me envolvieron. Mi rostro encontró refugio en su mejilla. Por fin protegida y plena, por fin en casa.
Desperté absurdamente tarde para un día entre semana. Corrí a la ducha, llegaría tarde (otra vez), pero esta vez, habría valido la pena.
Ayer tuve el honor de abrir el Coloquio de investigación de la Facultad, de nuestra Facultad. Por supuesto que recordé la primera vez que leí en el auditorio: ¿También lo recuerdas? Presentamos una ponencia sobre las prácticas lectoras en Orgullo y Prejuicio. ¿Recuerdas que alquilamos trajes y tú eras Chopin en el piano y yo Austen leyendo? Ayer no hubo disfraz, tampoco auditorio (el evento se inauguró en la biblioteca), pero estabas tú. Ahora lo sé, porque se hizo el milagro de que me abrazaras en mi sueño.