9 de enero de 2025
Me es difícil hacer esta reseña. Las palabras no salen porque los sentimientos las atan. Hay tanto entrelazado a las páginas de Vargas Llosa: un club de lectura inconcluso, las ruinas de un corazón traicionado, las calles y el sudor recorriendo Lima (la bella, la gris, la horrible -Salazar Bondy- la colonial, la republicana, la de los besos, las miradas crueles, los poetas, el pisco, las marineras, el mar, la playa rocosa, los sabores, la papa a la huancaína). Además, son ya 62 años de su publicación ¿Qué se puede agregar sobre una novela de la que ya se ha dicho todo?
Las dos partes que la componen, de ocho capítulos cada una, más el epílogo, varían entre un narrador en tercera persona y dos en primera, que se detienen en el pasado y presente de los cadetes del Leoncio Prado, sus familiares y algunos militares. La historia (su fábula, dirían mis estudiantes que juiciosamente han apropiado los términos de la narratología) se centra en la muerte de Ricardo Arana, bautizado como el Esclavo, en medio de la fiera y masculina vida en el colegio militar.
En cuanto a elementos estilísticos, destacan un extraordinario -aunque no continuo- flujo de conciencia que se funde, en ocasiones, con el estilo directo e indirecto libre. Además, sobrecoge la maestría con la que el Nobel logra crear imágenes poderosas con sencillez, explorando la riqueza de la lengua y del habla peruano (la edición de la RAE viene acompañada de un glosario de peruanismos).
Aunque es más que evidente que la novela se dedica a la masculinidad (entre perros, cadetes, imaginarias, capitanes, tenientes, coroneles, padres mujeriegos o abusivos, y hampones de baja calaña y amplios sentimientos), me resultó significativa la manera en la que se retrata lo femenino. Son diez las mujeres relevantes en la historia, de las cuales sobresale Teresa, interés romántico de tres de los cuatro protagonistas (sí, Gamboa debe ser contado como un personaje principal) y la Malpapeada, que, aunque perra, es sobre quien se focaliza lo que se concibe de una fémina:
Es triste que la perra no esté aquí para rascarle la cabeza, eso descansa y da una gran tranquilidad, uno piensa que es una muchachita. Algo así debe ser cuando uno se casa. Estoy abatido y entonces viene la hembrita y se echa a mi lado y se queda callada y quietecita, yo no le digo nada, la toco, la rasco, le hago cosquillas y se ríe, la pellizco y chilla, la engrío, juego con su carita, hago rulitos con sus pelos, le tapo la nariz, cuando está ahogándose la suelto, la agarro el cuello y las tetitas, la espalda, los hombros, el culito, las piernas, el ombligo, la beso de repente y le digo piropos: “Cholita, arañita, mujercita, putita”. (p. 363)
La mujer se figura en la obra como deseo (Pies Dorados), madre (las de Arana, Jaguar y el Poeta), refugio (la tía de Teresa, aunque a regañadientes), esposa trastornada o sumisa (nuevamente, las del Poeta y el Esclavo, respectivamente), damita ideal (Helena o Marcela, más esta última). Me es difícil clasificar a Teresa, porque significó más, todo y nada: el amor ideal y el terrenal, la bondad y la mezquindad, el paréntesis que se desea y del que se harta, una huachafa o una mujer real.
Otro punto que merece mención en estas breves líneas, es aquel sobre el ejercicio de la escritura. Así, magnífico el apartado segundo del capítulo sexto en el que se narra el nacimiento del Poeta. Las frases absurdas y pornográficas que ensaya, la voracidad de su pluma (en menos de dos horas había escrito cuatro novelitas), la salacidad y diversión de sus compañeros: “”Pajeros, asquerosos, a ver por qué no leen la Biblia o el Quijote”. A esto se le suma el modo en que los altos rangos del ejército desprecian la apreciación de Gamboa sobre la verdadera causa de la muerte de Arana: “Usted debe leer novelas, Gamboa”, lo acusan, como si lo suyo -su sentido del honor y la verdad y la ley- se descartara por estar infectado de la fiebre de la ficción. Lo mismo ocurrió con Alberto Fernández, el Poeta, la manera de contrarrestar su denuncia y de silenciarlo fue acusar de ignominiosa su escritura.
No he hablado de la ciudad (sí de los perros), conocí Lima en sus páginas, después conocí Lima recorriendo parte de sus calles, sin lo primero no se hubiera dado lo segundo. Lima se redujo a la oposición: Lince o Miraflores, el Jaguar o Alberto, Teresa o Marcela, la continuidad o la redención.
Por supuesto, quedan muchas preguntas, una buena lectura siempre las deja: ¿Quién fue el hombre de carácter?¿Él fue realmente el asesino? ¿Qué novela dedica Vargas Llosa a lo femenino? ¿Es Gamboa un héroe trágico? ¿Cómo funcionaba el corazón de Teresa?
“-Cuatro-dijo el Jaguar” (al iniciar la novela) y “-Cinco-dijo el Jaguar” (al culminarla). Bastó un número condensado en 469 páginas para entender que en una vida todo cabe, que tal vez Lima y el colegio Leoncio Prado (y tal vez nosotros también, lectores) son (o somos) como Paulino, el despreciable vendedor, un injerto de: “ojos rasgados de japonés, ancha jeta de negro, pómulos y mentón cobrizos de indio, [y] pelos lacios”.


