viernes, 6 de marzo de 2026

Gabriela Luciana

Hace diez años (qué recuerdo tan nítido) recibí una llamada en medio de la noche. La hora me asustó. "Aníbal nunca llama a esta hora. Es algo malo". He lamentado tener razón más veces de las que recuerdo, esta es la que más. Mi mamá estaba en el hospital, el parto se había adelantado demasiado. Gabriela Luciana acababa de nacer, apenas seis meses y medio en el vientre materno. Un poco menos que yo, nací a los siete. "¿Cómo está ella?" Fui egoísta, pues solo pensaba en mi mamá."¿Cómo está ella?", repetí. Las imágenes de ese embarazo que se sentía extraño se sobrepusieron a una velocidad alarmante: Otra llamada, mientras caminaba hacia Lourdes un mediodía, Daniela y ella al teléfono contándome del embarazo, la sensación de extrañeza y de broma. Mi mamá no podía estar embarazada, yo ya tenía 20 años, Daniela 18, era imposible. Me lo contaban con temor, como si de algún modo adivinaran que yo no podría entenderlo. Otra imagen: contemplar el cuerpo de mamá. Su pancita no era redonda ni ovalada, era sencillamente normal. ¿Cómo puede haber un bebé ahí?, me preguntaba aún desde el asombro. No tenía categorías para interpretar esa nueva realidad. Otra imagen: ella sentada en una hamaca en la entrada de la casa de Fusa, Daniela consintiéndola, Aníbal a su lado, yo lejana: ¿Mi mamá, embarazada? Tres imágenes que me asaltaron mientras preguntaba por ella: "Otro bebé podría venir, pero si pierdo a mamá, se acaba mi vida". Aquí detengo la narración y doy rienda suelta a las lágrimas, no perdí a mamá (Dios, eres grande y bueno), vino otro bebé (Luciana es el faro que me guía a través de la penumbra diaria), pero una parte de mi vida sí se acabó. Aníbal no sabía mucho, los médicos eran parcos. Otra llamada a los 20 minutos: Mamá estaba bien. Alivio infinito. Pero había algo más; Aníbal tenía un tono distinto, en su voz una esperanza que le volví a escuchar solo dos años después, una luz en las palabras: "Gabriela va a vivir, la escuché llorar, sus pulmones funcionan. Gabriela va a estar bien. Mi niña va a estar bien". Y creo que fue ahí cuando entendí que el amor puede nacer de golpe. Ella era una idea abstracta, una idea confusa, hasta ese conjuro de Aníbal: "Mi niña va a estar bien". Digo conjuro porque esas palabras se tatuaron en mi corazón y desde ahí también fue mi niña: "Mi hermanita va a estar bien". No fue así. Trasladaron a la bebé a Bogotá, necesitaba una incubadora especial. Fue una semana frenética y aquí el recuerdo pierde nitidez. Tal vez por eso hasta hoy me he animado a escribir. No quiero que se resquebraje más, no quiero perder lo poco que tengo, quiero poder volver a estas palabras y sentirla a ella, sentirme a mí, sentir a Juan Pablo, pues quién si no él iba a estar a mi lado. El dolor a veces es insoportable. Recuerdo el viaje por la séptima que parecía infinito y onírico (edificios pulcros intercalados con comunas grises se sucedían en esa línea recta que parecía no acabar). Recuerdo el abrazo de Juan Pablo, mis lágrimas empapando su saco negro, su saco gris, su chaqueta. Recuerdo su barba tierna y sus botas militares, sus ojos secundando mi esperanza o siendo eco de mi pena con el pasar de las horas. Recuerdo verte, Gabita. Si ya las palabras de tu papá me habían transformado, ¿imaginas acaso cómo se conmovió mi ser al contemplarte? Eras tan pequeña -seguramente cabías en mi antebrazo- y aún así tan inmensa. Tu piel de reseda, las facciones decididas, unas piernecitas largas que me hicieron sonreír y pensar: "Será alta". Recuerdo las oraciones, los rosarios (de cuencas ya gastadas, que no me he atrevido a tocar de nuevo, tendrá que estar en alguna parte), las promesas, las súplicas que luego reconocí en el relato de la señora Aleyda: ella también le rogó a Dios que no se llevara a Juan Pablo. Ella pidió por su niño. Yo pedí por ti. A ambas se nos dijo No. ¿Juan Pablo y tú se cuidan allí en el cielo, ese que quiero pensar nos espera? Recuerdo a la monjita que fue a bautizarte, Juan y yo tuvimos que ser los padrinos, de inmediato, sin mayor ceremonia que nuestra presencia, la oración, la compañía. Recuerdo a mamá y a Aníbal sentados en una banca del hospital, parecían un solo ser, una masa sepia de tristeza, las cabezas apoyadas como si el peso del mundo los aplastara, los consumiera. Recuerdo el pitido incesante de la sala de cuidados intensivos, las otras madres, la sensación de ahogo, de nuevo la incomprensión: ¿por qué tienen que sufrir estas criaturas, si todo en ellas es nuevo, por qué el dolor recae sobre recién nacidos? Recuerdo la voz de la enfermera: Hay órganos afectados. Hay áreas del cerebro comprometidas. Sus pulmones van a perder fuerza. Cada noticia era peor que la anterior. Es posible que reciban una llamada esta noche y deben estar preparados porque ya saben qué significa. Yo la recibí. La enfermera fue breve: Lo lamento, pero ya saben lo que significa. Vengan mañana a primera hora. 

Han pasado diez años. Esta vez no me ha llamado nadie en medio de la noche. Me llamó un sueño: Laura y yo estábamos en Roma, ella no conocía el Coliseo y estaba ansiosa por verlo. Yo la guié por una calle y nos topamos con él, las imponentes ruinas imperiales sobresalían en un cielo naranja crepuscular. Nos detuvimos a contemplar la perfección. Quiero pensar (porque el pensamiento es voluntad) que en el sueño Laura no era Laura, que Laura eras tú. Quiero pensar que en el reino de lo posible ambas viajamos a Italia (qué irónico es el destino, pues la belleza italiana la conocí con el corazón fracturado cuando acababa de perder a Juan, a mi Juan). Quiero pensar que tomaste su forma para compartir conmigo un instante de eternidad. 

Así como me gusta creer que una complicidad de hermanas mayores nos une (tú, mayor que Luciana; yo, mayor que Daniela), así pienso que el amor por los libros estaba sellado en nuestro porvenir: compartes natalicio con Gabo, yo con Austen. Cada vez que vuelvo a García Márquez, me digo: Estoy leyendo el que sería el autor favorito de Gabi. 

Feliz cumpleaños, Gabita. Luciana dijo algo lindo en una llamada (todo a través del teléfono, ¿estoy realmente donde debería estar?) hace un par de horas: "Celebramos el cumpleaños de Gabi". Esta es mi manera sencilla (¿hay acaso algo más real que las palabras?) de honrarte. Eres posibilidad, eres palabra, eres memoria.

1 comentario:

  1. Mi mamá me habló de este escrito. Se confundió porque la realidad de la palabra de mostró irreal. Pensó que todo estaba bien. Yo tuve que aclarar, contra mi voluntad, lo que tú nos das. Quería leerlo para recuperar algo de la memoria de tu palabra, pero además, para celebrar que el cumpleaños de Gabo también es el de la Gaba.

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Gabriela Luciana

Hace diez años (qué recuerdo tan nítido) recibí una llamada en medio de la noche. La hora me asustó. "Aníbal nunca llama a esta hora. E...